Actitud

ACTITUD

FERNANDO CASTAÑOS ZUNO y ÁLVARO CASO

DEFINICIÓN
En la comunicación cotidiana, la palabra actitud se emplea muchas veces para hacer referencia a una disposición de ánimo que se manifiesta en una manera de estar, un modo de actuar o una forma de hablar. En consonancia con esta acepción, se utilizan como sinónimos parciales de ella voces que aluden a tales modalidades, como postura, talante, aire o tono. En ensayos de cierta índole, también se usan como equivalentes restringidos palabras que remiten más directamente a la proclividad anímica, como orientación o inclinación.1 En otra acepción común, actitud denota una reacción constante a un tipo de objetos o una respuesta generalizada ante una clase de hechos. Los sinónimos que podríamos encontrar cuando se adopta este sentido son construcciones con verbos que indican la intención de acercarse o alejarse, como buscar o evitar.

1 En más de una ocasión, Octavio Paz utilizó estos equivalentes parciales de la palabra actitud para hablar de rasgos de la personalidad de otros poetas. Ver, por ejemplo, su ensayo biográfico sobre Xavier Villaurrutia (1978).

No hay sustantivos que designen tipos específicos de actitudes; pero éstas tienden a agruparse, por medio de frases hechas, en función de sus grados de definición. Se habla, por ejemplo, de actitudes claras o inciertas. También, con el mismo tipo de recursos, se suelen esbozar clasificaciones que toman en cuenta la consideración que tienen unos sujetos por otros, o las relaciones que entablan entre sí. Se dice, en ese tenor, que una persona tiene una actitud cooperativa o dominante. De lo anterior podría desprenderse que, generalmente, una actitud entraña una valoración del objeto que la suscita. No es extraño que esto se haga explícito cuando se dice que el objeto despierta actitudes favorables o adversas; también es frecuente que se califique al sujeto o a la actitud misma, que se diga que alguien es positivo o negativo, o que tiene actitudes buenas o malas.

En el mundo académico se jerarquizan y complementan los rasgos de las acepciones cotidianas, de manera que se enfocan mejor fenómenos determinados, como veremos más adelante. Pensamos que puede ser útil agrupar estos enfoques en dos grandes conjuntos, de acuerdo con los intereses y las perspectivas de las disciplinas que se han ocupado de la materia: en el primer conjunto, incluiríamos los tratamientos de la psicología social, la sociología política, la demoscopia y la psicología laboral; en el segundo, los de la lógica, la filosofía del lenguaje, la lingüística y los estudios del discurso.

En el campo de la psicología social, el término actitud tiene una carga teórica importante y se considera como un factor principal y definitorio de un conjunto de opiniones. A la vez, la actitud está determinada, en buena medida,

por un valor. Estas ideas se representan frecuentemente por medio de una pirámide invertida. En la parte inferior, que es la más pequeña, se encuentra un valor; en la parte media, un conjunto de actitudes y en la parte superior, que es la más extensa, un número grande de opiniones. En este esquema se puede apreciar cómo de un valor se desprende una serie más grande de actitudes y cómo, análogamente, una actitud genera un número vasto de opiniones.

En la sociología política y la demoscopia, actitud es un término central y tiene un significado derivado del que recibe en la psicología social, lo que se reconoce explícitamente en los informes de investigaciones básicas, cuyas metodologías o cuyos resultados sustentan los marcos de referencia de otras investigaciones. Más aún, la teoría de que las opiniones son variables dependientes de las actitudes y éstas, a su vez, dependientes de los valores, ha orientado, al menos en parte, la interpretación de los datos en algunos de los trabajos académicos más importantes de estas disciplinas.

Sin embargo, en esos campos, la necesidad de contar con definiciones operacionales que guíen el análisis de información cuantitativa y cualitativa, obtenida tanto a través de encuestas, como por medio de entrevistas abiertas o de discusiones en grupos de enfoque, ha llevado a introducir o dar preponderancia a ciertos rasgos observables que puedan diferenciar las actitudes, por un lado, de los valores, y por el otro, de las opiniones.

El principal rasgo ha sido el de la duración: se considera que un valor tiene mayor permanencia que una actitud, y que ésta es menos cambiante que

las opiniones. Se piensa, por ejemplo, que un grupo social continuará teniendo una actitud favorable al tipo de políticas que promueva un partido en un periodo, aunque adopte una opinión negativa acerca de la implantación de una de esas políticas. Análogamente, el grupo continuaría identificándose con los valores que suscriba el partido, aunque dejara de tener una actitud favorable a ese tipo de políticas.

Ligado al rasgo de duración, está el de variabilidad contextual, que es también de carácter escalar, por lo que en relación con él se pueden establecer diferencias de grado entre las opiniones, las actitudes y los valores. Qué tan favorables son las opiniones acerca de un político puede depender tanto de los temas que se están tratando en el momento en que se expresan, como de con quién o quiénes se compare a este político. En cambio, las actitudes acerca de un partido se conservan para espectros temáticos y rangos comparativos más amplios. Los valores ligados a una orientación política tienen alcances aún mayores.

Cabría, quizá, resumir estas concepciones diciendo que las actitudes tienen profundidad, duración y alcance medios en un marco de valoración estratificado o jerarquizado. Además de tratar las actitudes de esta manera, en la psicología laboral se considera útil distinguir entre dos actitudes de dedicación: una productiva, que conduce a una distribución eficaz de los esfuerzos, y otra estéril, que lleva al agotamiento y no produce resultados. Reflexiones más elaboradas en este campo conducen a definir lo que llamaríamos actitudes de segundo orden, es decir, actitudes acerca de las

actitudes. Sería positiva la actitud de quien está preparado para cambiar y aprender si su manera de acercarse al trabajo no es productiva; en otras palabras, la de quien asume las dificultades como retos por superar.

En las disciplinas en que se ha desarrollado el segundo conjunto de enfoques académicos, se parte de una distinción entre dos tipos de información o de contenidos que son comunicados por medio de las estructuras de las palabras: la proposición y la actitud del hablante.

En primer lugar, cuando un enunciado expresa una proposición, nos dice cómo es o qué ocurre con algo. En términos técnicos, formular una proposición es asociar un predicado con un argumento o una serie de argumentos. Un argumento representa una entidad, concreta o abstracta, y normalmente es un nombre propio, un pronombre o una frase nominal. Un predicado representa una cualidad, una acción o una relación; comúnmente involucra un verbo y puede comprender adjetivos y preposiciones. Entonces, una proposición es una construcción que se puede afirmar o negar, y que se puede juzgar como cierta o falsa. Estrictamente, una proposición sería verdadera si el hecho al que corresponde es como dice que es, y falsa si es de otra manera. En un discurso hacemos referencia a las proposiciones expresadas anteriormente o en otros discursos, por medio del verbo “decir” acompañado de la conjunción “que”. Así, por ejemplo, (1) refiere una proposición expresada por Alberto acerca de Juan y (2) una formulada por Josefina acerca del libro y la mesa:

  1. (1)  Alberto dijo que Juan había venido;
  2. (2)  Josefina dijo que el libro estaba sobre la mesa.

En segundo lugar, un enunciado expresa una posición de aquél que habla respecto de la proposición. En (3), por ejemplo, el enunciador hace patente que considera la proposición de Alberto como verdadera, mientras que en (4) el hablante muestra reservas sobre la proposición de Josefina:

  1. (3)  Estoy seguro de que Juan había venido;
  2. (4)  No sé bien si el libro estaba sobre la mesa.

El segundo contenido del enunciado, es decir, la actitud del o de la

hablante, atañe a la relación entre éste y la proposición (y lo hemos ejemplificado con la seguridad de (3) y con la duda de (4)).

En la lógica y la filosofía del lenguaje, cuyas reflexiones han dado gran fuerza a la distinción entre los dos tipos de contenidos, se subraya que dos oraciones distintas pueden expresar la misma proposición y que con la misma oración se puede expresar proposiciones distintas. El par (5) y (6) ejemplifica lo primero:

  1. (5)  El Rey Sol gobernó Francia desde 1643 hasta 1715;
  2. (6)  Luis XIV gobernó Francia entre 1643 y 1715.

Si imaginamos que (7) se hubiera pronunciado, tanto en 1700, como en

1785, tendremos un buen ejemplo de lo segundo:
(7) El rey de Francia tiene un carácter débil.
En las dos fechas la oración hubiera expresado proposiciones distintas,

una falsa y otra verdadera, porque en 1700 “el rey de Francia” se referiría a Luis XIV y en 1785, a Luis XVI.

En la lógica y en la filosofía del lenguaje se observa también que una proposición se puede expresar en diferentes idiomas,2 como ocurre con (8) y (9):

  1. (8)  La nieve es blanca;
  2. (9)  Snow is white.

A partir de ello, se subraya que una proposición es una entidad abstracta

y que es verdadera (o falsa) independientemente de quién la exprese, en suma, que tiene un carácter objetivo. La actitud, en cambio, es subjetiva; incluso algunos filósofos importantes la consideran como un estado mental del hablante que depende no sólo de quién pronuncia o escribe el enunciado, sino de cuándo y en qué circunstancias lo hace: así como una persona puede estar convencida de la verdad de una proposición y otra puede dudar de ella, alguien más puede aceptarla con distintos grados de confianza en diferentes momentos3. En (10) y (11) se manifiestan distintas actitudes acerca de la misma proposición:

(10) Te digo que allí está;
(11) Me parece que allí está.
En la lingüística y los estudios del discurso, se concibe la actitud de

manera similar a como se hace en la lógica y la filosofía del lenguaje, y en buena medida por influencia de estas disciplinas, aunque más indirecta que

2 Se señala también que la traducción perfecta no existe. Por ejemplo, John Lyons (1979) ha afirmado que se puede traducir todo lo que dice una oración o sólo lo que dice ella, pero no todo y sólo lo que dice: siempre se agrega o se suprime algo. Pero esto no demerita el punto principal aquí señalado, sino que lo subraya: en lo que expresan las dos formas distintas hay algo común. 3 Por su importancia potencial para entender las dinámicas del pensamiento, se ha buscado indagar de diversas maneras la variabilidad de las actitudes acerca de una proposición, e inclusive aprehenderla por medio de formalizaciones simbólicas; ver, por ejemplo, Richard, 1990.

directa. En esos campos, la actitud no es materia de discusión explícita, ni objeto de definición formal, pero las actitudes se examinan implícitamente al considerar el conjunto de recursos que las manifiestan, el cual se denomina “modalidad”.

En la mayoría de los enunciados, la modalidad depende primordialmente del modo sintáctico. En español, por ejemplo, con el modo indicativo tienden a expresarse aseveraciones que implican actitudes de compromiso con la verdad de la proposición; con el modo subjuntivo tienden a expresarse conjeturas o deseos y a describirse condiciones esperadas o hipotéticas, en otras palabras, planteamientos que implican actitudes no acerca de lo que es, sino de lo que puede ser.

Entre los recursos modales se encuentran adverbios, como francamente o quizá, y frases adverbiales, como en verdad o tal vez. Muchas veces la modalidad depende también de manera importante del significado léxico de verbos que se denominan modales, entre los que se encuentran los siguientes: creer, pensar, saber, dudar. Por supuesto, habría que agregar decir al conjunto, así como otros verbos de comunicación. A partir de análisis gramaticales sobre las posiciones en las que pueden aparecer y las conjugaciones que pueden tener, se incluye entre los verbos modales otros como poder, deber, querer, tener.

Las combinaciones entre los modos sintácticos y los significados léxicos de los verbos modales pueden dar lugar a diferencias de modalidad sutiles, que implican, a su vez, distinciones finas entre actitudes. Por ejemplo, tanto con el

modo indicativo como con el subjuntivo se pueden exponer, con los verbos mencionados, valores de probabilidad o grados de convicción, como en (12) y (13):

  1. (12)  Yo sé que Rosa puede venir;
  2. (13)  Que yo sepa, Rosa puede venir.

Con el modo imperativo, se pueden conformar modalidades desiderativas,

además de las propiamente imperativas, como en (14) y (15):

  1. (14)  ¡Ven pronto! Eso es lo que quiero;
  2. (15)  ¡Vengan inmediatamente! Tiene que ser.

Si comúnmente las diversas actitudes que expresan los hablantes son

claras para los usuarios de la lengua, cabe advertir que no hay entre los expertos un acuerdo sobre la taxonomía de las actitudes.4 Los problemas y las polémicas que hay al respecto se indicarán en la siguiente sección. Por ahora basta decir que no todos los autores proponen el mismo número de categorías de clasificación, ni las mismas subdivisiones para cada una de ellas.

HISTORIA, TEORÍA Y CRÍTICA
Como se expuso en el apartado anterior, el primer enfoque académico —el que plantea el esquema de opiniones, actitudes y valores como predisposiciones estratificadas— se sustenta principalmente en la idea de que la actitud, como respuesta o tipo de respuestas, es relativamente constante (véase p.***). Esta noción fue esbozada en la psicología social, la sociología y la demoscopia a

4 De hecho, no hay tampoco una taxonomía definitiva de las modalidades.

finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo XX en diversos textos; sin embargo, los investigadores toman como punto de partida el de Gordon Allport, en el que se enfatiza que las actitudes dirigen el comportamiento (1935). Tal idea se desglosa y complementa en las décadas de los años sesenta y setenta por medio de modelos estadísticos, de los cuales el más influyente en su momento fue el que propusieron Martin Fishbein e Icek Ajzen (1975), para quienes expresar una opinión era una forma de comportarse. De acuerdo con sus planteamientos, qué tan favorable o desfavorable es una actitud ante un objeto es algo que puede medirse en una escala elaborada en función de dos variables también cuantificables: la creencia de que el objeto posee un rasgo determinado y la valoración que se tiene de ese rasgo.

El modelo de Fishbein y Ajzen delinea un espacio de las actitudes con dos dimensiones, una cognoscitiva y otra apreciativa, ambas importantes desde un punto de vista científico: distinguirlas brinda bases para realizar observaciones más claras y reflexiones más rigurosas que las que se tenían antes. Sin embargo, en las últimas décadas han tenido mayor difusión modelos que no reconocen esta distinción, pero que se consideran útiles para tratar temas de gran interés para la sociología política aplicada, por lo que han recibido gran atención.

Es notorio que actualmente el principal modelo en el campo de la investigación sea el de la pirámide invertida, descrito en la sección anterior, cuyo primer exponente, Daniel Yankelovich (1991), buscaba explicar el cambio como un producto de comunicaciones recibidas y de procesos “internos”, propios

del sujeto individual. Él consideraba que los procesos internos estaban impulsados por una necesidad de resolver lo que Leon Festinger (1957) llamara “disonancias cognoscitivas”, es decir, estaban motivados por la necesidad de modificar las ideas para que formaran sistemas armónicos o coherentes. Sin embargo, al postular que en la base de las actitudes están los valores, Yankelovich asimiló la dimensión de las ideas y la cognición al campo de lo apreciativo, lo que consideramos equivocado.

Lo que logró Yankelovich fue sintetizar planteamientos diversos de autores distintos, de tal manera que se pudieran comunicar y recordar con relativa facilidad, por lo que su modelo piramidal resultó de utilidad considerable.5 Es importante, sin embargo, consignar aquí que su propósito era poder enfocar una materia que parecía dispersa, y que, al estipular su esquema, el autor advertía que no debería atribuirse un carácter rígido a las relaciones entre los tres estratos de la pirámide. Él tenía claro que un cambio de valores generalmente conlleva cambios de actitudes; pero sabía que, en ocasiones, algunas actitudes cambian sin que lo hagan otras afines al estado anterior. Entendía también que, inclusive, las modificaciones de las actitudes podrían conducir a una transformación de los valores.

Desafortunadamente, sobre la posición prudente y, en parte, crítica de Yankelovich, se ha impuesto la fuerza icónica de su modelo, en la que se apoya

5 Por ejemplo, cuando se prepara un cuestionario, el modelo obliga a seleccionar o diseñar más de una pregunta de opinión para medir una misma actitud, lo que generalmente proporciona a los resultados una confiabilidad mayor que cuando se utiliza una sola pregunta como indicador de una variable.

el punto de vista que confiere a la duración media el carácter de rasgo definitorio de las actitudes. La precaución aconsejaría dejar la temporalidad de una actitud (posiblemente variable) como un dato empírico por explicar.

La investigación contemporánea se apoya generalmente en variantes del modelo de Yankelovich, que muchas veces se combina con ideas de Allport o de Fishbein y Ajzen. La herencia conjugada de estos autores se explicita muchas veces, no sólo en introducciones de informes de encuestas sobre temas diversos, sino también en los títulos de las publicaciones que se derivan de ellas.6 Ahí se revela la persistencia de las inconsistencias teóricas aludidas arriba; por ejemplo, cuando se incluyen los valores en una jerarquía cognoscitiva o las ideas en una valorativa.

No cabría concluir, sin embargo, que la influencia de dichas herencias sea dominante, en un sentido estricto. Muchas veces proporciona una orientación inicial, o queda como un sustrato implícito que facilita la comunicación entre expertos; pero la manera en que se obtienen los datos de cada estudio no sólo depende de ella sino también, y con cierta frecuencia en mayor medida, de procedimientos de control metodológico,7 como la prueba de preguntas de cuestionario en levantamientos piloto y en sesiones de grupos de enfoque. Estos procedimientos permiten mejorar, por ensayo y error, los instrumentos de

6 Ver, por ejemplo, Vaske y Donnelly, 1999.
7 Al respecto, ver, por ejemplo, las investigaciones de la llamada Encuesta mundial de valores (World Values Survey), nombre de una red de investigadores sociales que, desde 1981, ha realizado cinco rondas u “olas” de encuestas a muestras representativas de sociedades que comprenden el 90% de la población mundial (http://www.worldvaluessurvey.org/). Entre 2010 y 2012 se condujo la sexta ola de la serie. Considérese también la investigación que dio origen al libro Los mexicanos de los noventa (IIS, 1996).

medición imperfectos debido a las limitaciones de la teoría.8 Así como esto ocurre con la obtención de los datos, la interpretación de los mismos está guiada por la experiencia de los investigadores en la producción de los instrumentos.

En el segundo grupo de disciplinas —es decir, el de la lógica, la filosofía del lenguaje, la lingüística y los estudios del discurso—, algunas de las nociones que definen el análisis sobre la actitud tienen orígenes ancestrales y han cobrado forma a lo largo de los siglos mediante análisis heterogéneos —sobre todo gramaticales, retóricos y epistemológicos— acerca del concepto de modo.

La discusión que propiamente da forma al enfoque recibe su primer impulso de Bertrand Russell, en sus indagaciones sobre el significado (1905) y sobre el conocimiento (1984 [1913]). El filósofo británico buscaba construir una teoría que permitiera analizar cualquier afirmación a partir de las conjunciones o negaciones de lo que llamó “proposiciones atómicas”: oraciones simples que fueran constatables en la realidad empírica por medio de la observación. Esta teoría permitiría establecer, por ejemplo, si la afirmación (16) es verdadera o no, una vez que se constate si las proposiciones (17) y (18) son ciertas o falsas:

  1. (16)  Los dos libros de química están sobre la mesa;
  2. (17)  El primer libro de química está sobre la mesa;
  3. (18)  El segundo libro de química está sobre la mesa.

8 Al respecto, ver, por ejemplo, cómo procede el Pew Research Center for the People and the Press (http://www.people-press.org/).

Pero Russell, que era crítico y autocrítico, muchas veces encontraba problemas que ponían en cuestión sus propios planteamientos. Se dio cuenta de que podemos explicar la verdad o la falsedad de una construcción como (19) cual si fuera el producto de la verdad o la falsedad de unidades más simples, como (20) y (21):

  1. (19)  El gato y el perro son jóvenes;
  2. (20)  El gato es joven;
  3. (21)  El perro es joven.

No obstante, también advirtió que no podemos descomponer (22) de la misma manera:

(22) Creo que el gato es joven.

La proposición (22) puede ser cierta aunque (20) sea falsa; entonces, dar cuenta del significado de afirmaciones con verbos como creer en función de proposiciones atómicas verdaderas no resulta tan fácil como explicar el significado de afirmaciones con verbos como ser. En consecuencia, el significado de verbos como creer es de naturaleza diferente al significado de verbos como ser. En la terminología que se ha derivado de estas consideraciones, con los primeros verbos se refieren estados mentales y con los segundos, hechos objetivos.

Lo interesante y lo importante es observar que, de algún modo, el significado de (22) sí depende de los significados de creer y de ser; en otras palabras, sí hay algo que vincula el estado mental y el hecho objetivo. Para tratar de esclarecer ese vínculo, Russell propuso la noción de “actitud

proposicional”: una relación entre el sujeto que habla y lo que dice acerca del mundo. La afirmación, como la negación o la duda, constituye una actitud acerca de lo que dice; un compromiso con la proposición que se expresa. El problema para el atomismo era, entonces, dar cuenta de la combinación de las palabras que significan actitudes y las palabras que significan proposiciones.

Este tipo de esclarecimiento inicial del problema de la relación entre el significado y la verdad ha sido de gran trascendencia para la filosofía. Aunque no hay consenso sobre su solución, discutirlo ha impulsado, tanto a seguidores como a críticos de Russell, a indagar asuntos clave para comprender el uso del lenguaje en la actividad mental y en la interacción social. Un punto importante en las discusiones que han surgido es que se ha validado la concepción de proposición que expusimos en la primera sección (véase p. ***), que consiste en la asociación de un predicado con uno o más argumentos. Ésta fue adoptada, aunque sin claridad suficiente, por Russell a partir de tratamientos seculares y de aportaciones de Gottlob Frege en el campo de la filosofía de las matemáticas (1950 [1893 y1903]), y fue precisada posteriormente por John Searle a partir de señalamientos críticos de Peter Strawson y John Austin.

Strawson hizo ver que las teorías del significado y la verdad que Russell procuraba construir requerían que se distinguiera más claramente entre la oración y lo que se dice con la oración (1950), porque lo que se dice puede variar conforme al contexto en el que se usa la oración, como ya se señaló en la primera sección. Austin (1962), por su parte, mostró que no siempre que se emplea una oración se hace una afirmación acerca de un hecho constatable,

sino que se puede hacer también una pregunta sobre el hecho o una exclamación, las cuales lo suponen pero no lo aseveran. Incluso la oración puede constituir el hecho, como cuando se le da un nombre a una persona. En otras palabras, cuando hablamos normalmente llevamos a cabo distintos tipos de actos, y una teoría del significado como la de Russell, si fuera correcta, sólo explicaría un tipo: el de las afirmaciones. Determinar qué tipo de acto se realiza depende, entre otras condiciones, de la intención que tiene el hablante cuando pronuncia la oración o —deberíamos acotar nosotros— de la intención que es válido atribuirle al hablante.

Searle (1969) reúne las aportaciones de Strawson y Austin y, en consecuencia, distingue entre la oración, el acto y la proposición. Una oración contiene elementos que expresan intenciones y que le dan la fuerza de acto, además de elementos que expresan argumentos y predicados y que le dan carácter de formulación proposicional. Entonces, podemos ver las intenciones de Austin y Searle como una extensión de las actitudes de Russell. Junto con la teoría patrimonial del modo, éste es uno de los sustratos de la concepción lingüística contemporánea de modalidad, que tiene su impulso inicial en los años setenta y ochenta del siglo XX, como se puede ver en la obra del semántico John Lyons (1977; 1981). Vistos así los asuntos en cuestión, habría que mantener claras las distinciones, primero, entre actitud y modalidad y, luego, entre modalidad y modo. La actitud es un estado del hablante, mientras que la modalidad es un conjunto de recursos de la lengua que, conjugados, expresan la

actitud, y el modo solamente uno de esos recursos (el cual reside en la conjugación de los verbos).

Cada vez es más aceptado que la organización del discurso como tal contribuye también a la identificación de las actitudes del autor; es decir, que la expresión de estas no depende sólo de las propiedades gramaticales de las oraciones. Por ejemplo, si a un hecho se le da la condición de consumado, luego aparece el conector por y después sigue una frase que hace referencia a una acción, se entenderá que para el hablante la acción es la causa, y que no duda de ello, aunque la frase no venga acompañada de ningún verbo conjugado, y no haya, por lo tanto, modo alguno. En este caso, hay un carácter afirmativo que se transmite de la descripción del efecto a la expresión de la causa. Más aún, las actitudes pueden ser tácitas, asumirse por el contexto, estar expresadas por la entonación o encontrarse sugeridas por gestos y ademanes. Por ejemplo, la frase (23) podría ser empleada, por ejemplo, después de (24), para solicitar la ubicación de un producto al dependiente de un supermercado y, después de (25), para responder la pregunta de un amigo:

  1. (23)  Y también los cereales;
  2. (24)  Quería preguntarle dónde se encuentran las salsas;
  3. (25)  ¿Están caras las frutas aquí?

Si se mantiene la distinción entre actitud y modalidad, es relativamente

sencillo explicar que los recursos empleados en (23) permiten expresar distintas actitudes o, incluso, que éstas se dan a conocer aún si divergen de lo que estos recursos significan canónicamente. Pero si se equiparan la actitud y la

modalidad, resulta caprichoso decidir a qué modalidad corresponde la frase 23, si a la interrogativa (en cuyo caso se pregunta por la ubicación de los cereales) o a la afirmativa (en cuyo caso es respuesta a la pregunta de 25). El problema es mayor si se confunden la modalidad y el modo, como ocurre en algunas clasificaciones que postulan los modos condicional, negativo, optativo, potencial o interrogativo, además del indicativo, el subjuntivo y el imperativo9.

En cuanto al problema de la taxonomía de las actitudes mencionado en la sección anterior (véase p.***), se debe considerar que si se toma la modalidad sólo como guía para elaborarla, pero éstas se categorizan en sus propios términos, no se buscará una correspondencia biunívoca entre modalidades y actitudes. Entonces, las actitudes se dividirán inicialmente en un número limitado de clases y, posteriormente, esas clases se subdividirían en otras. De esta forma, el primer nivel de clasificación coincidiría con el primero (también) de una clasificación de los actos de habla, aunque esto no quiere decir que las taxonomías de las actitudes y los actos sean paralelas, pues, por un lado, en la categorización de los actos intervendrían otros elementos además de las actitudes imputables y, por el otro, en el discurso se pueden expresar muchos grados de actitudes cuyas diferencias no se traducen en distinciones de actos.

9 Aunque en estudios gramaticales de los últimos lustros, como el de Emilio Ridruejo (1999), se mantiene la distinción aquí sustentada, la confusión que se señala se ha extendido más de lo que pudiera pensarse, y se refleja, por ejemplo, en entradas actuales de la Wikipedia (http://es.wikipedia.org/wiki/Modo_gramatical, consultada el 30 de mayo de 2015).

Desde la perspectiva esbozada en el párrafo anterior, consideramos que hay tres clases básicas de actitudes.10 Las primeras son las actitudes que interesaron originalmente a Russell: se ubican en el espacio del conocimiento y tienden a ser denominadas como “epistémicas”. Una actitud epistémica es aquélla en que el hablante da a entender qué tan seguro está de la verdad o la falsedad de la proposición que formula. Las segundas son actitudes respecto a los derechos y las obligaciones relacionados con el hecho que representa la proposición y se denominan “deónticas”. Una actitud deóntica es aquélla en que un hablante indica que un hecho es permitido, prohibido u obligado. Las terceras se ubican en otro espacio diferente de los anteriores y, aunque tienen diversas denominaciones, nosotros preferiríamos llamarlas simplemente “valorativas”. Las actitudes de este tipo corresponden a las ocasiones en que los hablantes manifiestan si un contenido proposicional es importante o no y si es positivo o negativo. El punto es que uno puede considerar una proposición como verdadera o como falsa independientemente de que vea el hecho como permitido o prohibido y deseable o indeseable; es decir, se puede combinar cualquier actitud epistémica con cualquier actitud deóntica y con cualquier actitud valorativa. En otras palabras, estamos hablando de tres dimensiones lógicamente independientes y, por lo tanto, si las tomamos como base de la taxonomía, ésta será exhaustiva y rigurosa.

LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN Y DEBATE CONTEMPORÁNEO 10 Esta posición se basa en consideraciones expuestas en Castaños, 1997.

Para las disciplinas que, como la psicología social, la sociología política y la demoscopia, ven una actitud como un haz de opiniones o como un rasgo común de un conjunto de opiniones, el problema de la temporalidad continuará impulsando la investigación, y probablemente recibirá aún mayor atención de la que ha tenido. Es de preverse que se buscará entender por qué la duración de una respuesta no siempre corresponde a su posición en la jerarquía de valores, actitudes y opiniones; por qué, por ejemplo, en ocasiones, una actitud permanece, pero el valor que supuestamente la regía cambia. Un caso ilustrativo es el de ciertos países en los que se sigue apreciando el matrimonio religioso aunque la religiosidad disminuya.

Otro problema, en parte ligado al anterior, es el de la dirección del cambio: se desea saber cuándo las modificaciones de las actitudes conducen a cambios de opiniones y viceversa. Se supone que de la identificación con un partido se sigue la preferencia por un candidato, pero en ocasiones el hecho de preferir a un candidato hace que grupos de votantes se identifiquen con su partido, de la misma manera que rechazarlo produce un distanciamiento con el partido. ¿De qué depende que estas divergencias se resuelvan en un sentido o en otro?

Tales problemas empíricos quizás se traduzcan en preocupaciones teóricas, ya que en los ejemplos expuestos lo que se pone en cuestión es la predicción que se desprende de las conceptualizaciones básicas. Si las predicciones son dudosas, se deberían revisar las conceptualizaciones. Cabría pensar, por ejemplo, que una opinión no se deriva de una actitud, sino que en una opinión se conjugan diversas actitudes sobre los distintos asuntos que

están en juego en el enunciado. Luego, habría que pensar en un modelo de redes que sustituyera el de la pirámide.

Para indicar la posible dirección de la investigación futura en las disciplinas que, como la filosofía y la lingüística, adoptan un enfoque como el segundo (tratado en las primeras secciones de este artículo), es decir, que distinguen entre el contenido proposicional de un enunciado y la relación de su autor con ese contenido, sería útil identificar dos problemas que tienen cierta afinidad con los anteriores. Uno de ellos es el de las actitudes implícitas. Dado que no están codificadas en la lengua, sino que se recuperan a partir de las estructuras discursivas que se forman con los elementos lingüísticos y en función de las condiciones en que se produce el discurso, esas actitudes no sólo se dirigen hacia el contenido proposicional, sino también hacia el contexto discursivo y hacia la situación de enunciación. No tiene la misma fuerza afirmar públicamente que alguien ha cometido una falta que hacerlo en privado, ni postular una causalidad en un artículo científico que plantearla en una conversación informal, porque la afirmación no tiene las mismas consecuencias en unos casos que en los otros. Cuando atribuimos una actitud proposicional que no está marcada explícitamente, estamos suponiendo que el o la hablante asume lo que esa actitud implica para él o ella, es decir, estamos haciendo una inferencia retrospectiva que va de los efectos a la actitud. Sería importante, entonces, indagar cómo se relacionan las actitudes proposicionales con las actitudes discursivas y las situacionales.

El otro problema es el de la imposibilidad de la paráfrasis total. Como la distinción misma entre proposición y actitud de donde parte, la discusión sobre la tipología de las actitudes se apoya en equivalencias de frases u oraciones. Los filósofos y los lingüistas abstraen la noción de proposición cuando encuentran que en dos enunciados distintos se hace referencia a la misma entidad y se dice lo mismo de ella; asimismo, ellos aíslan la noción de actitud cuando ven que con dos frases diferentes un autor se compromete de una misma manera con cierta proposición. No obstante, nunca dos estructuras sintácticas dicen estrictamente lo mismo; en el caso de la traducción, por ejemplo, siempre se minimiza o se subraya algún punto y se añade o se suprime algún matiz11.

Cuando tratamos dos frases como equivalentes, lo que hacemos es destacar lo que tienen en común y dejar fuera de consideración lo que las distingue. Así que, advertir que se manifiesta una actitud implica reconocer un horizonte y una jerarquía de actitudes posibles. Ello indica que, para profundizar en el conocimiento del campo, un tema importante sería el de la interacción entre las consideraciones que pertenecen a las tres dimensiones identificadas en la sección anterior: epistémica, deóntica y valorativa. Parece sugerirse, por ejemplo, que el rango de opciones valorativas que importan no necesariamente es el mismo cuando hay una expectativa de que ocurra un hecho que cuando se piensa que es imposible que suceda. Asimismo, dar a un

11 Ver nota 2 (p***).

acto el carácter de obligación, en lugar de verlo como derecho, podría modificar el grado de pertinencia que tiene juzgar si el acto existe o no.

Al ver todos estos problemas en conjunto, cabría imaginar que un diálogo entre los investigadores de cada uno de los enfoques sería muy productivo. Entender cómo se conjugan las predisposiciones acerca de los diferentes elementos que se tratan en un enunciado y comprender cómo se conjugan las posturas epistémicas, deónticas y valorativas acerca de la proposición formulada en él son tareas que pueden iluminarse mutuamente. Lo mismo puede decirse del cambio de valores y de la rejerarquización de opciones. Sin embargo, las rutas de investigación asociadas a los dos enfoques han estado separadas tanto tiempo, que no podríamos calificar el diálogo que se propone como probable, sino sólo como deseable.

BIBLIOGRAFÍA

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