Ilocución, disertación, perlocución

Castaños, Fernando. 2000. “Ilocución, disertación, perlocución”. Revue de Sémantique et Pragmatique, no. 7. Orléans. Presses universitaires d’Orléans. 153-161. 

 

 Ilocución, disertación, perlocución

Fernando Castaños

UNAM, México

Introducción

Para John Searle, obtener una taxonomía rigurosa es, en 1976, el problema más importante en el desarrollo de la teoría de los actos de habla:

If you believe, as I do, that the basic unit of human linguistic communication is the illocutionary act, then the most important form of the original question will be, ‘How many categories of illocutionary acts are there? (Searle, 1976)[1]

Casi veinticinco años después, aún carecemos de clasificaciones válidas de los actos y de definiciones que nos permitan identificarlos de manera confiable, como lo he señalado anteriormente (Castaños 1996). Para algunos autores, un rasgo de un acto cuenta como todo un acto. Por ejemplo, para Rod Ellis (1984) la referencia a la segunda persona en un enunciado acerca de una acción futura es condición suficiente de una solicitud. En consecuencia, él no puede distinguir entre las solicitudes, las órdenes y las invitaciones, y para él todos estos actos son de un mismo tipo.

Para otros autores, como Blum-Kulka, House y Kasper (1989), un acto individual es lo mismo que una cadena de actos. Ellos consideran que una solicitud está constituida por todos los enunciados que ocupan un determinado lugar en una secuencia conversacional. De esta manera, intentan establecer un control metodológico que sustituya la falta de claridad teórica. Pero este enfoque resulta contraproducente. Los investigadores terminan atribuyendo a las solicitudes propiedades de otros actos que las acompañan en la secuencia, como promesas o saludos.

Los errores de categorización tienen una consecuencia seria: muchos actos no pueden ser registrados por los analistas. Por ejemplo, Sinclair y Coulthard (1975), para quienes los comentarios y los directivos son cohipónimos, han de elegir una de estas dos categorías al identificar ciertos enunciados. Se ven entonces forzados a excluir la otra, aunque sus propias inconsistencias muestran que las dos categorías son inconmensurables y pertenecen a dimensiones paralelas.

Desde el principio, el problema fundamental detrás de tales confusiones ha sido cómo agrupar los actos. Se separan actos afines y se reúnen actos disímiles. El propio Searle ubica las definiciones y las observaciones en clases mayores muy distintas y conjunta las definiciones y los nombramientos en la clase de las declaraciones.

Los agrupamientos equivocados de Searle nos impiden advertir que la definición y la observación, al igual que la generalización y la identificación, están constituidos por el mismo tipo de elementos. También oscurecen la semejanza de rasgos entre los nombramientos, las órdenes, las promesas y las solicitudes.

En virtud de que las similitudes y las diferencias esenciales no son reconocidas, al definir un acto Searle recurre a ciertas dimensiones que no había considerado antes y que no tendrá sentido considerar después: las dimensiones aparecen y desaparecen caprichosamente. El mismo Searle lo dice con desilusión: “there is no clear or consistent principle or set of principles on the basis of which the taxonomy is constructed” (Searle, 1976)[2].

Probablemente los problemas de clasificación sean la causa principal de las críticas severas que la noción misma de acto de habla recibió en la década de los ochenta, por parte de autores como Brown y Yule (1983), Levinson (1983) o Sperber y Wilson (1986). Recordemos que los primeros basan sus objeciones en el análisis de un enunciado que, aducen, realizaría un número indeterminado de actos. En parte explícita y en parte implícitamente, concluyen que los análisis del discurso en términos de actos no pueden ser rigurosos.

Para aclarar las confusiones y despejar las críticas, lo primero que debe hacerse es distinguir los actos que crean, hacen presente o modifican el conocimiento, es decir, los actos epistémicos, de aquéllos que crean, hacen presente o suspenden obligaciones, es decir, los actos deónticos. Es necesario separar tajantemente actos como la definición, la clasificación y la generalización, por un lado, de actos como la orden, la solicitud y la invitación, por el otro. Sólo si hacemos esta separación podremos apreciar cómo se conforman los actos de cada lado.

El caso es que el primer género de actos, que yo llamo “de disertación”, no es una subclase de los actos ilocucionarios, como lo han asumido la filosofía y la lingüística aplicada. Es una clase del mismo nivel jerárquico.

Enfoques

¿Cómo ha de establecerse esta distinción básica? Si la contribución principal de la teoría de los actos de habla ha sido desarrollar el conjunto de oposiciones entre oración, proposición y acto, entonces la nueva oposición que propongo debería establecerse de la misma forma en que fueron distinguidos originalmente la oración, la proposición y el acto. Y ello es posible; cabe distinguir el acto de disertación del acto ilocucionario siguiendo los mismos enfoques que emplearon Strawson, Austin, Searle y Widdowson para establecer la oración, la proposición y el acto ilocucionario como unidades independientes.

Strawson, en “On referring” (1950), utilizó el método de fijar una oración y variar su contexto de enunciación. De esta manera, nos hizo ver que la misma oración puede ser usada para expresar diferentes proposiciones y que la misma proposición puede ser expresada por medio de diferentes oraciones. Si hubiese sido enunciada en distintos momentos de la historia, la oración (1) habría expresado proposiciones acerca de personas distintas y algunas de estas proposiciones podrían haber sido verdaderas, mientras que otras podrían haber sido falsas.

(1) El rey de Francia es un hombre sabio.

De manera complementaria, esta misma oración y la oración (2) pudieron haber expresado la misma proposición (en las condiciones adecuadas).

(2) Luis X es sabio.

El enfoque de Austin fue diferente que el de Strawson. En las conferencias que forman How to do things with words (1962), él ubica al lector en ciertas situaciones y le pregunta qué ocurre antes y después de que se pronuncian ciertos enunciados. Así, muestra que un acto ilocucionario inaugura acción consecuente, lo que subraya sobre todo en la segunda conferencia. Para ilustrar esto con un ejemplo simple, podemos decir que una solicitud de pasar la sal, si es exitosa, tendrá como consecuencia el acto de pasar la sal.

John Austin nos enseñó que los juicios que hacemos acerca de los actos ilocucionarios no son de la misma naturaleza que los juicios que hacemos sobre las proposiciones (o los que algunos filósofos hacían sobre las oraciones). Nos preguntamos si una proposición es falsa (y algunos filósofos se preguntaban si las oraciones eran verdaderas o falsas). Pero no nos preguntamos por el valor de verdad de un acto ilocucionario, sino por su feliz realización: ¿tuvo lugar o no?

John Searle desarrolló el método de Strawson y reunió la distinción que éste planteara con la de Austin. Fijó, primero, la oración y varió el contexto; después, fijó el contexto y varió la oración. Señaló entonces que el mismo acto puede estar asociado con diferentes oraciones y diferentes proposiciones. Igualmente, diferentes actos pueden estar asociados con una misma oración o una misma proposición. Los ejemplos (3) a (5) ilustran el primer punto.

(3) Prometo ir.

(4) Iré.

(5) Prometo no ir.

El segundo punto puede ser ilustrado por medio del ejemplo (6). Este enunciado puede servir, en diferentes contextos, para llevar a cabo órdenes, solicitudes de acción o peticiones de información.

(6) ¿Podrías arreglar esto?

Ahora bien, Henry Widdowson (1973) introdujo la noción de acto de habla en la lingüística aplicada siguiendo un método distinto. Mostró que un par de enunciados podía tener unidad aún cuando las oraciones de esos enunciados no estuvieran ligadas entre sí por la sintaxis o el vocabulario; podrían ser coherentes como discurso, aunque no fueran cohesivos como texto. El contraste entre el par (6) y (7) y el par (6) y (8) permite ilustrar la distinción. (6) y (7) son tanto cohesivos como coherentes.

(6) ¿Podrías arreglar esto?

(7) Sí, sí podría.

En cambio, (6) y (8) son coherentes sin ser cohesivos; no hay ninguna liga sintáctica ni léxica entre ellos, y sin embargo uno responde al otro.

(6) ¿Podrías arreglar esto?

(8) Mi desarmador se rompió.

 La existencia de dos tipos de unión, la cohesión y la coherencia, significa que debe de haber otra unidad además de la oración. Esta unidad es el acto. La cohesión es la unión entre oraciones; la coherencia es la unión entre actos.

Ahora, si seguimos las formas de argumentación que adoptaron Strawson y Searle, Austin y Widdowson, podemos demostrar que es necesario separar los actos de disertación de los actos ilocucionarios. He llevado a cabo sistemáticamente cada demostración por separado, y las he presentado, tanto en forma oral (por ejemplo en Castaños 1982), como escrita (por ejemplo en Castaños 1984 y Castaños 1986). También las he desarrollado en detalle y he señalado sus consecuencias en un trabajo extenso, mi tesis de doctorado (Castaños 1996). En esta sección sintetizaré las ideas principales de todas ellas.

Siguiendo el enfoque de Strawson y Searle, puede demostrarse que distintos actos de disertación pueden ocurrir con el mismo acto ilocucionario y, a la inversa, el mismo acto de disertación puede estar asociado con diferentes actos ilocucionarios. Tanto (9) como (10), respectivamente una aseveración y una pregunta, pueden, en los contextos adecuados y con la entonación correcta, ser empleados para ofrecer una pluma.

(9) No traes pluma.

(10) ¿Traes pluma?

 A la inversa (1 1), una pregunta, puede ser utilizada para solicitar información, y recibir (12) como respuesta. Pero el mismo enunciado, sin dejar de ser una pregunta —lo que debe ser enfatizado— podría bien ser una introducción retórica a otro enunciado cuya función fuera proporcionar información, en un texto como (13).

 (11) ¿Cuantos tipo de poesía hay?

(12) Tres: una de los sonidos, una de las imágenes y una de las ideas.

(13) ¿Cuantos tipo de poesía hay? Tres: una de los sonidos, una de las imágenes y una de las ideas.

Por otra parte, siguiendo el enfoque de Austin, puede verse que un acto de disertación no inaugura acción consecuente, sino que crea conocimiento (o lo hace presente). Una generalización no ejerce restricciones sobre la actuación del hablante, no crea obligaciones aunque pudiera ser una guía. La disertación opera en el dominio cognoscitivo, más que en el dominio civil.

Asimismo, los actos de disertación se juzgan en términos diferentes que los actos ilocucionarios. No diríamos que una generalización se llevó a cabo con éxito, de la misma manera en que sí decimos que una solicitud fue exitosa. Diríamos, más bien, que la generalización fue válida (o inválida). Además, aunque el enunciado ha de satisfacer ciertas condiciones cognoscitivas para contar como una generalización, el hablante no tiene que cumplir el tipo de condiciones sociales que lo autorizan a hacer una solicitud.

Finalmente, siguiendo el enfoque de Widdowson, podemos percibir si entre dos actos de disertación hay consistencia, aunque no haya coherencia entre los actos ilocucionarios que los acompañen. Los ejemplos previos (11) a (13) bastan para mostrar esto. Hay coherencia entre solicitar información, (11), y proporcionarla, (12); esta coherencia está ausente en (13). No obstante, en ambos casos hay consistencia entre la pregunta y la aseveración. De la misma manera, puede haber coherencia sin consistencia, como cuando a una pregunta sigue otra en un diálogo.

Fórmulas

En breve, los actos de disertación no son actos ilocucionarios. Si ahora extendemos los tres argumentos que establecen la distinción entre unos y otros, definiremos el acto ilocucionario como una intervención deóntica (Castaños 1992). La consecuencia de un acto de esta naturaleza es que una acción determinada (u otro acto de habla) se vuelve permitido, deja de serlo o continúa siéndolo. En la misma vena, un acto ilocucionario satisface o infringe las condiciones deónticas que prevalecen en el momento en que tiene lugar.

Por lo anterior, para definir un tipo de actos ilocucionarios, debe identificarse el valor deóntico que suscita. ¿Lo que está sobre el tapete es si la acción objeto de la proposición (el “contenido”) es permitida, obligatoria o prohibida. Y también debe identificarse cómo actúa el hablante en relación con las condiciones previas. ¿El enunciado cumple con las condiciones, propone un cambio de condiciones o efectúa el cambio?

Para definir propiamente los actos ilocucionarios, se necesitan dos elementos más. Uno es el sujeto de las condiciones deónticas. ¿A quién comprometen, al hablante, al oyente o a una tercera persona? El otro es la relación entre ese sujeto y su interlocutor. ¿Es simétrica, de subordinación o de dominio?

En esta perspectiva, una promesa se definiría como la siguiente combinación: obligado, propuesta, hablante, simétrica. En cambio, una solicitud sería: obligado, propuesta, oyente, simétrica. Pero una orden sería: obligado, cambio, oyente, subordinado.

En otras palabras, los elementos pueden verse como parámetros de una fórmula general que genera definiciones de todos los actos ilocucionarios de manera sistemática:

1) Ilocución: valor deóntico, intervención, sujeto, relación

El cuadro 1 enlista las opciones que corresponden a cada parámetro.

Cuadro 1. Los elementos definitorios de los actos ilocucionarios.

VALOR DEÓNTICO INTERVENCIÓN SUJETO RELACIÓN
Permitido

obligatorio

prohibido

Cumplimiento

Propuesta de cambio

Cambio

hablante

oyente

tercero

Simétrica

dominio

subordinación

                                                                               

Una fórmula análoga para los actos de disertación tendría tres elementos:

II) Disertación: fuerza de aseveración, referencia, predicación

Como se muestra en el cuadro 2, hay cuatro fuerzas de aseveración posibles: aseveración, aseveración hipotética, aseveración mitigada y aseveración suspendida.

La referencia puede ser genérica o particular, y la predicación puede pertenecer a ocho clases distintas: ascriptiva, existencial, ecuativa, inclusiva, intransitiva, transitiva, locativa, posesiva.

Cuadro 2. Los elementos definitorios de los actos de disertación

FUERZA DE ASEVERACIÓN REFERENCIA PREDICACIÓN
Aseveración

aseveración hipotética

aseveración mitigada

aseveración suspendida

 

genérica

particular

Ascriptiva

existencial

ecuativa

inclusiva

intransitiva

transitiva

locativa

posesiva

                                                

Para ejemplificar el uso de la fórmula II, una definición se definiría como la aseveración de una predicación ecuativa de dos referencias genéricas. Por ende, este acto puede ahora distinguirse con precisión de otros dos con los cuales se confunde comúnmente (Castaños 1988): la aseveración de una predicación ecuativa de dos referencias particulares, que podríamos tal vez llamar “nominación”, y la aseveración de una predicación inclusiva de una referencia particular en una genérica, que podríamos llamar “identificación”.

Perlocución

La determinación de los elementos propios de la ilocución coloca en una perspectiva adecuada lo que Austin deseaba mostrar cuando introdujo la noción de actos perlocucionarios (ver, especialmente las conferencias IX y X de Austin 1962). Su propósito era indicar que éstos son cualitativamente diferentes a los actos ilocucionarios. Uno de los ejemplos a los que él se refirió era la advertencia (warning), que ciertamente no opera en el mismo terreno que las promesas o las solicitudes mencionadas anteriormente

El punto de una perlocución es hacer que alguien quiera hacer (o dejar de hacer) algo, más que comprometerlo a hacer algo (o permitirle que lo haga). Es por ello que Austin subrayó la palabra “efecto” cuando presentó sus reflexiones sobre la perlocución, en oposición a la palabra “consecuencias”, a la cual había recurrido para tratar la ilocución.

Para aclarar más esto, puede añadirse que la ilocución y la perlocución no necesariamente tienen la misma orientación. Una acción puede ser obligatoria e indeseable para un mismo hablante. Más aún, con un mismo enunciado puede crearse una prohibición y simultáneamente despertarse un deseo de llevar a cabo algo.

Desafortunadamente, la teoría de los actos de habla no parece haber puesto suficiente atención en las advertencias de Austin. Más que analizar los efectos perlocucionarios que puede tener un enunciado además o en lugar de sus consecuencias ilocucionarias, generalmente se trata la perlocución como el efecto de la ilocución. Searle mismo introduce elementos de los actos perlocucionarios en su definición de actos ilocucionarios. Ésta es, de hecho, una de las fuentes de error en sus clasificaciones.

Ahora bien, si nos damos cuenta que los actos perlocucionarios no inauguran acción consecuente, sino, propiamente, motivan acción posterior, podemos llegar a una fórmula general análoga a aquéllas para los actos ilocucionarios y los de disertación. Los actos perlocucionarios despiertan o expresan actitudes: atribuyen o restan importancia y proporcionan una valoración positiva o negativa a aquéllo que es representado por la proposición que plantea el enunciado. Y hacen todo ello en relación con un sujeto, el hablante, el oyente o una tercera persona. Entonces, la fórmula y el cuadro correspondiente son:

III) Perlocución: importancia, orientación, sujeto

Cuadro 3. Los elementos definitorios de los actos perlocucionarios

IMPORTANCIA ORIENTACIÓN SUJETO

no

positiva

negativa

hablante

oyente

tercera persona

                                                                                               

 Para ejemplificar el uso de la fórmula, definiremos una advertencia como una atribución de importancia con orientación negativa para el oyente. Esta definición nos permite identificar los puntos de similitud y diferencia entre la advertencia y otros tipos de actos perlocucionarios, como aquéllos a los que nos referimos con los verbos “tentar” y “deplorar” — el tipo de actos que Austin tenía en mente.

Como un comentario adicional, quisiera mencionar que las aclaraciones anteriores podrían abrir las posibilidades de realizar estudios empíricos sobre la perlocución, quizás adaptando herramientas para la observación de la importancia y la orientación que ya han sido desarrolladas en otras disciplinas, como la psicología social.

Importancia

Además de proporcionar luz sobre la perlocución, los argumentos que separan la disertación y la ilocución, conducen a otros resultados que pueden resolver muchos problemas del analista empírico (ver Castaños 1996, particularmente el capítulo 10). No es este el lugar para tratarlos, pero puede ser útil mencionar uno, para dar una idea del alcance de la argumentación.

Si los elementos definitorios de los actos de disertación son los que están contenidos en la fórmula II y el cuadro correspondiente, entonces una conclusión y una ejemplificación no son actos como la generalización y la observación, sino relaciones entre tales tipos de actos. Esta distinción entre actos y relaciones entre actos evita errores derivados de considerar la conclusión o la ejemplificación como cohipónimos de la generalización o la observación.

Los señalamientos anteriores nos permiten afirmar que Seale tenía razón cuando subrayaba la importancia del problema taxonómico. Cuando nuestras definiciones de los actos son producidas de manera sistemática por permutación y combinación de elementos determinados, se pueden eliminar las causas que merman la validez o la confiabilidad de los estudios del discurso basados en la teoría de los actos.

De hecho, se puede responder a las críticas severas acerca de la teoría, como la de Brown y Yule mencionada en la introducción. Es claro que ellos tomaron un acto perlocucionario (felicitar) y un acto de disertación (afirmar) como si fueran actos ilocucionarios. En el contexto de estas confusiones, el “etcétera” que parece sustentar la observación de indefinición carece de sentido, y por lo tanto la objeción no procede.

Conclusión

Por todas estas razones, quisiera terminar respondiendo la pregunta de Searle. Si calculamos las combinaciones y permutaciones que son posibles de acuerdo con las tres fórmulas, veremos que existen 81 tipos de actos ilocucionarios, 64 tipos de actos de disertación y 12 tipos de actos perlocucionarios. En total hay 157 categorías de actos de habla… en el primer nivel de delicadeza, por supuesto. Podemos subclasificar todos los elementos, y con las subclasificaciones producir subtipos de esas categorías.

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Widdowson, H. G. (1978), Teaching language as communication. Oxford: OUP.

 


[1] Si uno piensa, como lo pienso yo, que la unidad básica de la comunicación lingüística humana es el acto ilocucionario, entonces la forma más importante de la pregunta original será:

“¿Cuántas categorías de actos ilocucionarios hay?”

[2]No hay un principio o conjunto de principios claros y consistentes con base en los cuales sea construida la taxonomía”.